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Son altos y fornidos, membrudos y coposos;
su airón de ramas verdes yerguen en la espesura.
de la montaña virgen, donde los rumorosos
vientos mueven sus tallos con noble donosura.
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Murmuran con las auras mil voces de ternura,
como si fuesen dulces atletas amorosos;
pero lanzan terribles protestas de colosos
si Tempestad les hiere las ramas con bravura.
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Cuando llega el verano dejan la esmeraldina
veste, para cubrirse de una capa ambarina
de flores olorosas a vírgenes salvajes.
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Ellos, que ni la fuerte tempestad les arredra.
Ellos, que con los siglos se convierten en piedra,
son el alma sensible de los hondos paisajes.
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Del libro: Sendas Hermanas
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