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Los automóviles gritan.
El tranvía pide permiso
y el viento me cae encima
atropellado por los autobuses.
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Súbito, ¡zas!,
un jamaicano salta,
del brazo de la vía,
al heroico pescante de una chiva
que se come -¡golosa!- la distancia.
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La calle respira por sus callejones.
y
-carbón de mangle en bruto-,
en soso monorritmo,
las sólidas cabezas.
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-What are you doing, my brother?
-Nothing, nothing.
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Por aquí a las cantinas
pariéronlas juntitas
como a las hermanas Dionne,
y hay un hedor travieso
que insiste en molestarme.
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Negros. Más negros. Más negros.
-What are you doing, my brother?
-Nothing, nothing.
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Terquedad de las casas
en atajar la calle,
que intenta liberarse
-¡delicioso!-
del trato siempre injusto
que danle los vehículos.
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¡Calidonia!
Algunos cruzan corriendo...
Las chivas se persiguen
y ríos abigarrados de gente que va y viene
inunda las aceras.
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En el ombligo férvido
el policía del tránsito
abofetea el ambiente.
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