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Ven a llenar las blancas soledades,
el huerto donde la marchita
violeta alumbra el capitel perdido,
ven a llenar tus nombres
que he recogido por el mundo.
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Entre los sauces de la noche vi
cómo venías por las losas húmedas
dejando atrás estrellas agitadas.
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Escuchar las voces de la ciudad.
Risas y máquinas,
crímenes y festejos.
Todas distintas ahora
que todo me habla de que voy a ti.
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Hollada tu inocencia, lloro
sobre tu cuerpo sosegado.
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Firme tu boca y blanda y fiera
y repentina y loca,
sobre la carne estremecida.
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¡Todo, perderse! Mi pensar, la verde
revolución del viento en los pinares,
y las pálidas islas despidiéndose,
hoy prodigio, mañana sombra huida.
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Sí, pero mírate cruzar los campos,
la fuente que regala tu reposo,
los blancos, derramados mediodías.
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Adiós, playas azules,
lagos ardientes,
bosques floridos.
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¡No! que no puedo dar con las palabras
que a mi me digan que te digo adiós.
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Del Libro: Cuerpo Amoroso.
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