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Soneto I
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Ella trajo un carcaj de arpegio y lirio
a la gris plenitud de un viejo sueño;
y trajo al alma rosicler sedeño
para apagar las sombras de un delirio.
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Ella fue en mi cansancio como un cirio
encendido en la arteria de un desgreño.
Fue renacer rosáceo en el pequeño
y salobre recodo del martirio.
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Y porque en todo puso el alma antera,
porque llevo muy dentro una alborada
de milagrosa esencia verdadera,
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supo lo que era amar y ser amada,
y al marcharse dejome tal si fuera
un enjambre de sombras en la nada.
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Soneto II
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Si yo puedo vivir en el estrago
que me dejó su ausencia es porque aflora,
sobre la grave faz de cada hora,
un recuerdo de amor que nunca apago.
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Tuvo en los ojos lasitud de lago,
tuvo en la risa placidez de aurora,
y hasta llevó en las manos una flora
de encanto leve, milagroso y vago.
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Cuando hube sombras me brindó el abrigo
de su palabra en la bondad, tejida.
Un manantial de amor llevó consigo
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para las arideces de mi vida.
¡Menuda y frágil la llevé conmigo
como una estrella al corazón asida!
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Soneto III
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Si todo fuese, amor, un fragíl sueño
del que pudiese despertar mañana;
si todo fuese, amor, la sombra huraña
que deshace en espiras su diseño;
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si yo pudiera, amada, en un empeño
pertinaz y febril romper la extraña
soledad que dibuja su maraña
en un recuerdo mustio sin ensueño.
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¡cómo habría de amarte y cómo habría
de ceñirte a mi vida con la gloria
de mis ansias, mis besos, mi poesía!
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Si no fuera verdad que eres la historia
de una lágrima eterna, ¡qué no haría
para dejarte sola en la memoria!
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Del libro: El Tañedor de Laud
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