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Ven a mis ávidos brazos, ven mujer,
con toda la fuerza de tu alma pura,
con toda la fuerza de tu ser.
Deja que comprima tu carne dura
entre los brazos musculosos del atleta,
mientras dulce vaga la mente del poeta.
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Dame tu beso cálido de amor
y languidece, tierna, entre mis brazos;
quiero consumir mi juventud en flor
en el dulce calor de tus abrazos
como arde el fósforo incendiado
al tibio contacto del vidrio calentado.
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Y, si así surge la dicha del vivir,
en tan dulce, plácido embeleso,
está segura que allí he de morir
pegado a tu boca con un beso!
¡Aunque me llame al Cielo el Padre Eterno,
no he de ir!...¡no hago caso!....
después, iré al infierno!
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Del Libro Jirones de Adolescencia. Roma, 1905
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