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I
LA CILAMPA
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Por un sendero ignorado
con luciérnagas venía.
Glauco arcano de sirenas
era su voz de neblina,
llorada sobre el espejo
sin tiempo de quien delira.
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La indagué, padre, por ti,
que el bordón de la otra orilla
empuñando, sin final
por allí partiste, un día.
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“¿A qué mana --díjome ella--
tanto ruiseñor tu herida?
Si bajo el árbol de nubes,
donde corre el agua viva
del recuerdo, tú lo sabes
bien, toda ausencia termina.”
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Se fue, extrañando con bucles
de aguacero y brumas–sílabas:
“Muerte, presencia olvidada
y no presencia perdida.”
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II
ESTROFAS INCONEXAS SOBRE EL ROSTRO
DE TU AUSENCIA
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¿Quién me dice que ya te me distancias,
velamen de ternura paternal?
¡Quién me lo dice, quién,
si aún a la puerta de tu muerte, padre,
grita mi desolado corazón!
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Mi corazón, espejo interminable
de cuyo fondo viene a mi encuentro la onda
del padre, igual que antes, con su mano
(extendida
como para cruzarnos, de niños, por el paso
de piedras… Era el río de Dios.
Y allí, entre arco iris de músicas, reposas…
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Y todos los relojes de la sangre sentida
latirán por el mundo tu nombre macerado,
que ascenderá en volutas de fúlgido perfume
del corazón de todo hijo de padre ausente.
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III
REITERACIÓN DEL ROSTRO DE TU AUSENCIA
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Ya no recuerdo cuándo.
Sólo recuerdo, padre, que he de volver a verte.
Eso sólo me dijo la hija de la niebla.
“Bajo el árbol de nubes, donde corre
el agua viva del recuerdo”, dijo.
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Y aquí está el rostro de tu ausencia, padre,
en la palabra pura, reflejándose
de corazón en corazón, tal como
sobre las ondas de aquel paso de piedras
por donde y en las tardes de paseo, tu mano
paternal a dos niños cruzaba… Nada pudo
el tiempo. Esa quebrada
desembocó en eternidad tu imagen.
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Ya no recuerdo cuándo.
Sólo recuerdo, padre, que he de volver a verte.
Eso sólo me dijo la hija de la niebla.
“Bajo el árbol de nubes, donde corre
el agua viva del recuerdo”, dijo.
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Del libro: Las Trovas Del Silencio Florecido
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