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Mis ojos con sus ojos se encontraron
y al suelo los bajamos todos dos,
nuestros labios acaso murmuraron
un voto, una plegaria, una oración.
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Tímidas, nuestras manos se enlazaron,
mas, no miré su rostro encantador,
que a mis ojos las lágrimas velaron,
y romperse sentí mi corazón.
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Y trémulos, sin voz permanecimos,
y el silencio tan sólo fue el que habló;
y así, un poema de amor nos repetimos,
desde el “te amo, mi bien”, hasta el “adiós”.
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Y entonces nuestros ojos se encontraron,
y al imán de su aliento abrasador,
mis labios con sus labios se juntaron,
y a su seno, mi seno comprimido . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
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Del éxtasis aquel, cuando volvimos,
el silencio rompióse entre los dos;
“Nos amaremos siempre”, nos dijimos;
y un eco, “siempre, siempre”, repitió!
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De su ser los efluvios me embriagaron,
mi mente en ilusiones se recreó;
el néctar que mis labios saborearon
en sus labios de miel, me enloqueció.
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Delirios inefables que pasaron,
que envidiaran los ángeles de Dios;
promesas que los vientos se llevaron,
juramentos que el viento arrebató . . . . . .
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La vi después; sus ojos se inclinaron
como otra vez, al suelo, con rubor;
y mis labios entonces balbucearon
espantosa, tremenda maldición;
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Nuestras manos entonces no enlazamos,
entonces su mirada no se alzó;
un “adiós” suspirando murmuramos,
y el eco repitió, “por siempre, adiós”.
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Panamá, 1883
Del libro: Ensayos morales, políticos y literarios
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