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El Tiempo barbi-blanco, cari-enjunto y sombrío,
ha mentido en su clépsidra mis treinta años: Me río
ante su barba glacial.
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Oh Tiempo, te equivocas. Ya caduca tu mente.
¿Qué yo tengo treinta años? Si apenas tengo veinte,
cual veinte perlas de cristal.
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Mis ensueños de niño, mis fiebres juveniles
—esos mirtos y rosas de mis verdes pensiles
en que rebosa rica miel—
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me dicen que del tiempo en el correr bravío,
mi góndola ha encontrado un remanso de río
bajo un demetérico dosel.
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Aunque los años pasen no destruirán mis galas:
armonía en su cuello, armonía en sus alas
tendrá mi alondra matinal.
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Mis internos frondajes ostentarán verdores;
derrocharán perfumes mis cálices de flores;
y romperá la fuente su cristal.
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Al que sabe mirarle su buen lado a las cosas
manantial de venturas refrescará sus rosas,
esas princesas del jardín.
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Quien camina los ojos puestos en las estrellas,
mintiéndose que asciende en cada instante a ellas
ha de gozar perpetuo abril.
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¡Ah! si yo no tendiera mi vista tan distante,
hoy que los treinta cumplo, me muriera al instante
mirando el hondo abismo ante mis pies.
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Gozo el baño de Aquiles: mi sincera alegría.
En vano el diente curvo de destructora arpía
quiere, incisivo, herir mi piel.
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¿Treinta años? ¡Bienvenidos! Así vengan cuarenta,
que sí los cuenta el Tiempo yo corrijo esa cuenta
con mi poder de voluntad.
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¡Oh! ¡Ese coro de niñas, las hermanitas Horas,
con pupilas radiantes, alegres, seductoras,
me llevarán en brazos hacia la eternidad!
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Del libro: Sendas Hermanas
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