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Eran: la vela rota de una nave
y la rabia espumosa de la ola;
y la serenidad altiva y sola
del peñón, que es amparo para el ave.
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Era el desmayo lento, melancólico,
tras la curva ideal del horizonte;
era el juego de tintes sobre el monte
do no cesaba el modular eólico.
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Y el paisaje se fue palideciendo;
el mar durmióse y acalló su estruendo;
plegóse el abanico de la palma.
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El arrebol de anemia se moría,
y ese paisaje lánguido fingía
un fiel espejo que copiara mi alma.
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1922
Del libro: Poesías Líricas, Introflorescencias
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