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Ritmo eterno de la vida.
Agudiza tu oído y escucha
las voces con que habla la naturaleza:
en el mar que acaricia la playa que espera
sonriente y tranquila;
en la brisa que agita la rama
con materno mimo,
y deja que ruede sobre el verde césped
el fruto maduro, cargado de mieles,
para que lo alcance la mano del niño;
en el Sol que se enciende de gloria
todas las mañanas,
y muere en la tarde,
envuelto entre nubes de topacio y grana;
en la noche que prende en el cielo
el prodigio de su luminaria;
en la lluvia que todos los años
celebra la fiesta de su epifanía,
entre los maizales y entre las espigas;
en la golondrina que cuando se acerca
el gélido invierno,
viene desde lejos
a formar su nido bajo el mismo alero.
Ritmo eterno de todas las cosas!
Del verso que anima la palabra fría,
para que renazca a una nueva vida;
de la llama que chisporrotea
en noche hogareña;
de la nota alada,
que cual ave errante,
detiene su vuelo
sobre el hilo frágil de los pentagramas.
¡Ritmo eterno de todas las almas!
De la madre que mece
al niño en la cuna,
mientras le musita la dulce plegaria
que su sueño arrulla;
del amor perenne que a través de siglos
la vida transmite en el mundo,
de la madre al hijo,
de la flor al polen,
y de polen al fruto maduro;
del dolor que llora la cuna vacía,
la alcoba enlutada,
y la rama muerta cuando se desgaja.
¡Ritmo eterno de todas las cosas!
¡Ritmo eterno de todas las almas!
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