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El Bayano en la poesía colonial panameña,
por Alfredo Figueroa Navarro


Río Bayano - Foto: Internet

Guardo un recuerdo ilusorio del río Bayano. Antes de navegar por su cauce, mi infancia se divertía imaginándolo; el Bayano estuvo próximo a mí, en La Capitana por ejemplo. Nunca practiqué sus riberas hasta a mediados de 1962. Con el Bayano me sentía unido, casi familiarmente: un tatarabuelo alemán, Joseph Kratochwill, asolado por el ejercicio de la medicina, se arriesgó a plantar un ingenio en sus márgenes, hacia 1860. Kratochwill murió en la miseria. Su tumba, en el impersonal Cementerio de los Extranjeros, me ha recordado el Panamá clownesco del siglo XIX.

Ese Panamá de esclavos, homúnculos, aventureros y truhanes, que se ha quedado atrás de Kratochwill, con la esperanza de alguien que lo clarifique.

Consumado el Ferrocarril Transístmico (en 1855), Panamá, el villorrio de siete calles importantes, vuelve a prosperar. Prosperar corresponde —posiblemente— a un eufemismo. Es fama que la Compañía del Ferrocarril organizó un “cuerpo de policías americanos” que “limpió al país de bandoleros”. Es fama, también, que la ciudad de Panamá fue devorada por incendios populosos, ocurridos en 1737, 1756, 1821, 1822, 1827, 1870, 1874 y 1878. Nuestro bandolero mayor fueron las llamas...

Kratochwill, me dicen, trabó amistad con un revolucionario, a quien un general perentorio llamase “petimetre” cuando lo fusiló, sin juicio previo, por insurrección al órden público. De tez oscura, sin dientes, Miguelito Casís (me dicen) nació a orillas del Bayano, probablemente en 1828. Su padre, un caciquillo local, le inculcó, de niño, la estolidez del sin-tierra. Cuando Miguelito accionaba las manos obedientes, se le filtraba, al interlocutor, la impaciencia salvaje del Trópico, el peso de la selva que se contraría enfrente de la civilización, una alianza de tempestades, de cuyas centellas guarnecía los recuerdos. La guitarra entre las manos, Miguelito refinaba coplas y décimas, impregnando el consultorio vacío de Kratochwill de un juglaresco frenesí, ese punto donde se congela la palabra para vivirse en su eternidad oral.

Celebraba Kratochwill el arribo de Miguelito a la clínica y arremetía con el retruécano de un voyez-vous gentil. “Otra vez Miguelito está de vuelta. Voyez-vous?”, decía Kratochwill con suficiencia. Y el voyez-vous, esbozado por Kratochwill, tiznaba sus dientes (exilados) de galicismo, y se convertía en esperanza intraducible por intermedio del fuelle de la garganta.

Del Miguelito clavijero es dable adelantar lo que asevera Taine, a propósito de Stendhal, en la página 225 de sus Nouveaux Essais (1901): “Cada talento es, pues, como un ojo sensible solamente a un color. En el mundo infinito, el artista se escoge un mundo.” Los ojos negros de Miguelito no aspiran a duplicar perspectivas venecianas, ni a promover la mansedumbre que Ingres instaura en el cuello sensual de Madame Aymon, dite la belle Zélie. Al contrario, su afán innato se empeña en perennizar los racimos del monte, corales de su imaginación, o en morigerar ese ahogamiento hacia la frialdad de lo esencialmente vaporoso.

Ya Juan de Miramontes y Zuázola, a principios del siglo XVII, concibe el río Bayano en cuanto posibilidad de epicidad, como un Ganges traidor, que se rinde al blasón marino de los corsarios ingleses, tal Oxenham, quien confedera sus tropas con las huestes del cimarrón Don Luis de Mozambique. Gustemos de algunas escenas, donde la poesía colonial panameña alude a un cromatismo italianizante, a un allegro de suave hedonismo:

                  Traen, con pomposo, espléndido aparato,

                  los serviciales, diligentes pajes

                  aqueste diferente de aquel plato,

                  ginebradas, manjares y potajes,

                  que satisfecho el gusto y el olfato

                  dejan de aquellos fuertes personajes;

                  y, al brindis, dan señales de alegrías,

                  cornetas, sacubuches, chirimías.

                  Después de las dulzainas y añafiles

                  hicieron reteñir los vagos vientos,

                  tocan dos diestros músicos gentiles

                  sus bien organizados instrumentos;

                  y, con sonoras voces y sutiles,

                  cantan de los celestes movimientos

                  el orden natural y en qué manera

                  se notan los planetas de la esfera.

Todo aquí guiña la mirada a la visión europea, a la música isabelina del Támesis:

                  y aquel maravilloso curso eterno

                  de hacer verano, estío, otoño, invierno.

Sin embargo, la gastronomía criolla impera, funda sus raíces de tierra, garabatea y fervoriza la glauca ajorca del río Bayano, con la presencia de su fauna inverosímil, con las intrigas sigilosas de una botánica que seduce a los británicos con denuedo:

                  En tanto, por la umbrosa selva espesa,

                  marchando al son de caja militante,

                  venía el escuadrón de gente inglesa.

                  Al descubrir de Apolo radiante

                  llega, descansa y siéntase a la mesa,

                  de rústicos manjares abundante,

                  donde halla gusto aquello que apetece

                  de lo que la montaña y valle ofrece:

                  el colmilludo jabalí, cerdoso,

                  ananco, añade, pato y perdiz parda,

                  fértil conejo, gamo temeroso,

                  verde yestea y trepadora arda,

                  mico, zaino, ante poderoso,

                  tórtola, codorniz, pava gallarda,

                  y con la hermosa garza quiere que haya

                  pintado papagayo y guacamaya.

                  Despierta y satisface el apetito

                  la piña, el aguacate y el zapote,

                  el plátano, mamey, ovo, caimito,

                  la papaya, la yuca y el camote,

                  el coco, la guayaba y el palmito,

                  la guaba, la ciruela, el ají y mote,

                  frutos de aquesta fértil tierra propia,

                  do esparció su abundancia el cornucopia.

Enfurruñadas octavas reales, de Armas Antárticas, preambulan divertimentos y andanzas, congestionan la fluencia de un tiempo panameño, que se claustra en las artesas de la Corona, para colonizarse desvaneciéndose. Y es que Miramontes y Zuázola, nuestro Góngora de la Conquista, nuestro cronista gárrulo y frutal, merecería cotejarse con los franceses Villon y Rutebeuf, medioevales al fin, en la medida en que los tres esparcen los hilos rústicos de un lenguaje en ciernes, de un lenguaje que no osa decir su nombre: sistema del reconocimiento y de la taxonomía naturalmente poetizada.

Para los pragmáticos filibusteros, el Bayano —Miramontes y Zuázola nos persuade vehementemente— era una tregua fidedigna que solía vestir los atuendos de un paradise lost. \Thomas Dekker (The Belman of London, 1616) no oculta su afición por el campo sobre la ciudad. Oxenham y sus corsarios —omito, exprofesamente, el nombre de Sir Francis Drake, ese anglosajón corajudo, quien murió no en su Devonshire natal sino en la panameña bahía de Portobelo, hacia 1596—, realizaron el voto gris de Thomas Dekker.

Un amigo me confiesa que escribir acerca del Bayano equivaldría a ser regionalista y harto decimonónico. Entonces, Faulkner es regionalista cuando menciona al Misisipi; o Miguel de Unamuno cuando invoca la gracia eficaz del Tormes desde su Salamanca. Río más universalizante que el Bayano, más cargado de cimarronaje, piratería, y ahora de aparente quietud, no posee Panamá. Milton dudaba que el género épico produciese directrices laudables después de sus kilométricos poemas. Las aguas del Bayano le respondieron negativamente a Milton.


Alfredo Figueroa Navarro
Publicado en: Revista Lotería. No. 188, julio, 1971. Lotería Nacional de Beneficencia, Panamá, 1971.


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