En estas horas de repetibles polémicas literarias, escaramuzas y encendidos vituperios, el novelista francés (de 31 años) Jean-Marie — Gustave Le Clézio, quien habitó, algún tiempo, en un hotel de nuestra calle 17 Oeste, nos muestra, a lo largo de las 169 páginas de su libro Haí la infinita posibilidad de lo panameño. Atormentado por la lógica mecánica de la sociedad de consumo, Le Clézio decide explorar otras culturas, otros conjuntos de sistemas simbólicos. Aquí, en Panamá, nos confiesa, se le releva un tesoro invaluable. Convive varios meses, en unión de la antropóloga Marina Le Clézio, esposa suya, con los indios Embera. Ahora bien, ¿quién de nosotros conoce a los Embera? ¿Por qué tiene que ser siempre un francés quien, venturosamente nos informe en torno a la armonización perdurable que constituye una cultura indígena (istmeña) casi virgen?
Para los que creen que Panamá nació en 1501, con la llegada de los españoles, este ensayo habrá de exasperarlos de cuajo. Es lamentable comprobar los escasos aportes que la historiografía panameña ha cristalizado acerca de nuestra etapa precolombina. El desprecio hacia todo lo aborigen, la preeminencia de un modus vivendi urbano, han provocado un cisma anchísimo entre el panameño presuroso de hoy y el Embera, sumergido aún en un tiempo mítico y pre-lógico.
Paraíso perdido y hallado, la tribu darienita le inspira a Le Clézio análisis muy detallistas y de elevado valor etnográfico. La belleza “triunfal” de la india, antítesis de la artificialidad cosmética. Belleza fundamentada en una libertad envidiable, sin tabú ni aspavientos que la requiebren o aminoren. Gestos hábiles, entrecruzamientos cotidianos. Pero, ante todo, lo que llama la atención, a todo trance, es el silencio, la ausencia de ruidos. El indio Embera vive la culpabilidad del lenguaje: ni las piedras, ni los animales hablan. Articular palabras es un privilegio terrible. En suma, la cultura oral posee un mérito impar: el de perpetuar la igualdad cultural entre sus miembros. Cultura inocente, pues, sin libros sin manifiestos, sin doctrinas, sin dogmas.
Al indio Embera no le interesa la historia. ¿Para qué memorizar fechas y nombres, conquistas, colonizaciones e independencias?
Esa atemporalidad, coruscante y cándida, cautiva es lo cierto, al escritor francés, quien sufre en razón del carácter automático y feral que su sociedad “desarrollada” impone con todo el ímpetu de su rutina post-industrial.
Ya en 1691, Juan Francisco de Páramo y Cepeda, funcionario de la Inquisición, redacta, en Panamá, un poema torrencial, intitulado Las alteraciones del Darién, de 310 páginas. Aproximadamente tres siglos más tarde, el cauteloso historiador panameño Carlos Manuel Gasteazoro descubre el texto de dicho poema épico en las anfractuosidades librescas de la Biblioteca Nacional de Madrid. A la infatigable devoción del doctor Gasteazoro debemos la publicación del argumento (en octavas reales) de cada uno de los dieciocho cantos que tan furtivo manuscrito componen. Si leemos el manuscrito de las alteraciones del Darién, ya que su texto permanece desgraciadamente inédito, captaremos el júbilo y engolosinamiento con los cuales un ojo europeo va deteniendo una franja de nuestro ser social en el siglo XVIII. Páramo y Cepeda describe — con minuciosidad antropológica — los rasgos esenciales que caracterizan nuestras tribus darienitas. He hecho hincapié en las alteraciones del Darién, dado que me parece una de las primeras manifestaciones literarias en donde lo panameño fulge como llama sobria. Pese al estilo rococó, plateresco y acongojado de Juan de Páramo y Cepeda, quien se complace en la retorsión mitologizante hasta el hastío.
Por último, estimo que el novísimo libro de Le Clézio se emparienta con las disquisiciones barrocas del canónigo curioso. He aquí dos obras primordiales sobre Panamá que, sin duda, permanecerán olvidadas por nuestro mundillo literario, cuyas preocupaciones actuales distan mucho de la autenticidad que Le Clézio percibió en la psicología del indio Embera.
Alfredo Figueroa Navarro
Publicado en: Revista Lotería. No. 197, abril, 1972. Lotería Nacional de Beneficencia, Panamá. 1972.
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