(CUENTO)
Avanzaba por ente el túmulo de las olas cuando apareció de pronto el animal (gallinazo repugnante) y me miró con sus ojos de nostalgia. Su cabeza estaba pelada como la calva de un anciano. En el duro pico llevaba una mariposa aplastada.
Hasta mí llegó el rumor marino de los pescadores del marañón. Un hondo tufo a excremento me jugueteaba en las narices.
Del otro lado de la playa se oían voces apenas perceptibles. —EI honor es una miseria—- gritó la mujer. Era como la barrera que impedía purificar el deseo vehemente de mi esencialidad. Miré al repugnante animal y parecía como si las lágrimas se le contuviesen ardorosamente en la cuenca de su mirada aterradora. Sentí que una gran fuerza incontrolable me estrujaba el corazón.
Insólitamente vino a mi recuerdo el deseo morboso e irrefrenable que se posesionado de mí, cuando fisgoneé, cuarto por cuarto, todos los lupanares del barrio.
Nunca olvidaré cuando un fumador de marihuana, con su larga colilla hedionda en la boca, me gritó con la velocidad de un tren largo y silencioso: “ahí va el loco delator”.
Inmediatamente pensé en el cura y el secreto de confesión. Aceleré el paso y pensé en la “rezadora” que vi junto al catafalco, el día del entierro de mi padre.
Al pasar frente a la iglesia presbiteriana divisé al Pastor sentado en su butaca y me llamó la atención su alto cuello nítidamente almidonado. No sé por qué en ese mismísimo instante evoqué la figura de LOS SANTOS DE CERA de mis hermanos.
La túnica negra me actualizó al gallinazo de cabeza pelada y ojos tristes que tenía en frente de mí.
Las olas golpeteaban inmisericordemente las orillas silenciosas de las Avenida Balboa.
—Te engañan con otro— le grité al gallinazo.
No puedo callarlo más. Mi suerte está echada: callar y ser un cómplice o hablar y ser un vil delator... me golpeteaba incesantemente este criterio. Preferí decirlo todo. Al fin y al cabo, ¿no vive cada cual sus propias e íntimas convicciones?
Sentí una especie de asco hacia mí mismo y lo único que se me ocurrió fue soltarme a llorar y asirme al pescuezo del pobre animal. Sentí que mi mirada como que calcinaba al espécimen horroroso que tenía frente a frente.
Con la mirada le rompí el rostro y el animal en su larga tristeza parecía querer hablarme. Pensé: “suelta la mariposa” y éste, como sudando con dificultad, escupió la mariposa. ¿Me había leído el pensamiento?
Es algo que ahora se me ocurrido de pronto. De la mariposa solo quedaba el corazoncito que producía un leve ruido, como de reloj sin manecillas.
Al otear el horizonte noté el ambiente tornándose gris-oscuro y pensé: “Las olas son controladas por la luna”. Los pescadores giraban y giraban.
Volví a mirar a mi amigo el gallinazo y una voz de loco habló con otra voz de loco. Te engañan con otro volví a espetarle. Pero no debes incomodarte, creo que si es mejor, de suerte que podrás dedicarte de lleno a tu vida disoluta.
No se inmutó. Lo oyó todo con una serenidad tan terriblemente espantosa que confieso (aunque esto me rebaje ante los ojos de los demás) que sentí un duro frío de fiebre. Y aunque parezca ridículo, del gallinazo brotó una risa, después fueron dos, hasta multiplicarse en forma imprecisa. ¡Qué risas...!
Hice mutis en la cara de estúpidos que hubiesen puesto los SANTOS DE CERA de mis hermanos y sus cuellos almidonados y su posición social y su cristianismo putrefacto y su moral de burdel y sus habilidades de titiriteros y su alma especuladora y sus entronques políticos derrumbados de una sola palada. Era como si los hubiesen enterrado con el viejo de nuestros padres y todo su porvenir se les hubiese corrompido de pronto. ¡Qué espeluznante era aquello...! Yo podía soportar la tortura que a ellos les quemaba los ojos. Era el cuadro pictórico que el viejo no pudo representar en todas sus giras por las famosas galerías del arte contemporáneo.
Fue entonces cuando empecé a sentir un grave temor.
El gallinazo se fue desdoblando poco a poco y transformando en una hetaira semidesnuda que me enseñaba sus bellos senos túrgidos.
Yo entonces, con reverencia (como si estuviese ante una diosa o una santa), tomé la mariposa, hice un collar, y se lo deposité sobre el cuello. El gallinazo me miró, dio un saltito, y se fue a dar al fondo del mar, ¡muerto!
Yo entonces pensé: “Las olas están controladas por la luna. Los gallinazos son el alma de las mujeres lujuriosas”.
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Luis Carlos Jiménez Varela
Publicado en: Páginas escogidas(prosa y verso). Panamá, 1975.
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