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Memorias del olvido,
por Luis Carlos Jiménez Varela


Recuerdos fragmentados en la niebla | Foto: generada por ChatGPT

(Prosa Poética)
"En algún lugar del alma la incertidumbre vigila al
hombre".   Fedor Dostoievski.

Guardo de mi padre, silenciosamente, su mirada triste, aquella tarde de otoño en que lo acompañé al cementerio.

Desde entonces han transcurrido 23 calendarios lúgubres, y la vieja brújula de mi corazón busca en la necrópolis su fosa sin encontrarla.

¡Son los pasos del ciego que se ocultan en este habitáculo de sombras!

Se me ocurre que la morada final del hombre es la loca persecución de su propio rostro en el espejo. ¿Será que en todo espacio de sangre hay un gato, o un mono oculto que acecha lanzando su aullido de animal desmemoriado? ¿Cada paso que damos es la geografía de un río sin orillas y el silbido de la lluvia que golpea a la alta noche del nauta perdido en las rutas del olvido? ¿Habrá algo más hermoso que la mirada azul del perro alborozado que nos espera gozoso y nos lame la piel con su cariño? ¿Se sentirá el pobrecito un pájaro terrestre?

Cuando ello ocurre, en los adioses subsiste el sufrimiento exánime de todos los ahorcados del planeta.

Invocar a Dios, resulta entonces, la forma poética de ametrallar al rapiñoso tedio que se nos adhiere como un gusano entre los huesos.

Es cuando sentimos que no hay nada más feroz que el amor cuando hace que las ternuras estallen en las horas otoñales.

Leyendo a Rilke he descubierto, en su poesía, que no existe nada más humano que un árbol que envejece.

Es por ello que sus hojas son el útero abierto de la naturaleza saludando en lontananzas.

¿Tiene el sol, su más profundo sentido cuando besa, con sus cálidos rayos, el pubis clamoroso de la mujer cuyo cuerpo nos tragamos poro a poro? Rojas lunas, como albas esperanzas, se encienden y dejan caer con ternura, ósculos jubilosos en el vientre de las madres, saludando el llanto de los niños. Como contraparte, ancianos violines mueren en los atardeceres contemplando a lujuriosas mujeres bailar terribles ceremonias orgiásticas.

Pensamos entonces: ¿Será el hombre una fruta amarga que busca con dulzura, y desesperadamente, la más honda raíz de su existencia?

¿Habrá que interrogar a la muerte, esa novia atroz a la que amamos con un odio secreto?

¡Para existir no debemos precisar más que de nuestra propia vida!...

Ese fue el pacto sagrado que en una mañana de abril firmamos con el VIENTO, el MAR y el INFINITO.

Cuentan, los textos esotéricos, narrados por un filósofo de oriente, que sólo existen tres ciclos vitales: el hombre, el caos y la palabra.

Toca a los poetas, descifrar el viejo enigma metafórico.

Mientras, los terrícolas nos alimentamos con el precepto de que la vida auténtica es la radiografía espiritual de las viejas memorias del olvido.


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Luis Carlos Jiménez Varela

Publicado en: Revista Cultural Lotería. Año. 51, No. 392 noviembre-diciembre, 1992. Panamá: Lotería Nacional de Beneficencia, 1992.


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