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La piel del náufrago,
por Luis Carlos Jiménez Varela

(Fragmento)
"Contento estaré aunque
mi lira allí
no me acompañe.
Por una vez habré vivido
como un
Dios, y más no hace
falta."
HOELDERLIN

ACTO I
ACERCA DE LAS COSAS
Donde estés, Padre invisible,
en el cielo, en el sepulcro o en el cosmos infinito,
recibe esta carta de tu hijo.
Tú te fuiste, cuando aún era yo
un capullo protegido por la coraza
de tus besos y tus manos amorosas.
Mucho ha cambiado el mundo;
si estuvieras hoy a mi lado
verías que yo tampoco soy la misma
crisálida encerrada en tus bondades.
Corrieron torrentes de lágrimas,
miles vistieron de harapos,
los huesos perforaban la carne,
y el amor padeció largo exilio,
por eso tuve que ser relámpago en este caos.
Recuerdo las mañanas cuando tú me llevabas de tus brazos
a jugar con los rayos del sol.
¡Padre!... vi niños pálidos,
porque el sol se había irritado con los pobres.
Muchos compañeros, Juan, Sebastián...
¿Los recuerdas?
Les robaron la alegría de la infancia
y calzaron los dolores de los hombres.
¡Si tú comprendieras mi tristeza!
a veces creo que las piedras lloran
y que aún los perros cuando ladran se ríen de nosotros.
¡Oh Padre! ... Tú que tanto creías en los hombres.
Si supieras que Hiroshima me hundió más en la agonía.
El mundo se hizo más apocalíptico,
las sombras se perfilaron y tomaron nuevos contornos;
parecía no haber salida en ese túnel clandestino de la vida.
Concilios ecuménicos sintieron la impotencia
de no poder conjugar el orbe en triple abecedario:
La "P" se hizo perversa, la "A" dijo agonía y la "Z" retumbó en larga zozobra.
Vi que Dios no era el padre que consolaba las largas tristezas.
sino una nube de tinieblas;
un callejón oscuro del barrio donde vivimos.
Padre, los hombres no pueden ser meros romeros de esta existencia:
porque la resignación es un mito supurado en las alas de la historia.
Tú me hablaste del bien y de la paz cristiana,
yo aún pienso en ello;
pero muy contrito he de decirte
que los corderos han sido festinados por los lobos.
Ya me he arraigado como árbol a la tierra
y creo que del mismo hombre ha de nacer la aurora.
No somos marionetas de un titiritero divino.
También han surgido fariseos como profetizara el amado Cristo.
Construyen murallas para que no se desborde
el dolor aprisionado;
y quieren extraviarnos por las moradas del alma.
Te diré que la Paz se ha frustrado en la calle;
en el rostro extenuado de los trabajadores;
en los ojos tristes de los niños sin alegres navidades;
en las mujeres que quebraron su esperanza en un charco de miseria;
por eso tengo que decirte que Dios se ha olvidado de los hombres.
Perdonadme.


Del libro: La Piel del Náufrago. Panamá, 1968.


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