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Cosas de poetas,
por Luis Carlos Jiménez Varela

Le preguntaron al vate de verso refinado
que escribía con pluma de marfil,
cuál constituía su ilusión suprema,
y dijo taxativamente:
“cantarle al aroma puro de las flores,
beber el perfume sutil de la hembra amada,
hacerle una elegía a la caperucita roja,
transitar con mi lira
por palacios y burdeles
en lírica cantata;
de que entre ajenjo,
mujeres y riquezas,
se debe resumir la vida alegre del poeta;
ya que el final de la jornada
el mármol de la muerte
acalla la pluma sublime de los bardos”.
Le tocó el turno al cantor de los humildes:
“vengo desde el rosedal del pueblo
para intentar llegar a la totalidad
del hombre. Con ello me contento.
Aspiro a tocar su corazón y su ternura.
Amo el amor de las alcobas
pero me estremece más
la tristeza de las mujeres
con su soledad metida entre sus vientres.
También entró a los palacios
pero con la ráfaga del verso,
como arma bélica
para enrostrarles su perfidia.
¡Sé que la muerte existe!
¿Quién puede negarla,
señores, si la llevamos dentro? ;;;;
más, predico, amigos míos
que hay fabricantes de odios
que mantienen al hombre muerto,
muerto, muerto, muerto ....
muerto—vivo
que es la peor de todas las soledades.
Afirmo que la libertad,
el amor y la alegría
triunfarán en el mañana
del planeta,
y vencerán la muerte.


Del libro: Campo de concentración. Panamá, 1982.


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