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La postrera vez que pasé revista a tu cadáver
fue en el necrocomio, recuerdas?
guardabas una figura serena, imponente,
diría que casi mitológica.
De no haber sido adulto
se me hubiera ocurrido preguntarte:
Hacia qué estela despedirte? . . . . .
Cuándo regresas, viejo Chelo? . . . . .
En aquel instante en que te deposité en el cementerio
entendí que el hombre era un ser para la muerte,
un momento vital en que nos consustanciamos
con la síntesis final de la naturaleza.
Fue tanta la agobiante tristeza
que hube de guardarme las silenciosas lágrimas,
advocando un solemne petitorio:
concédeme un verso, sólo uno
en que pueda expresarte, padre mío,
esta agonizante ausencia
que trepana mi corazón.
A pesar de la distancia te recuerdo exactamente,
con ésa tu mirada decidora,
(cibernética lenguaje)
que cuando yo era niño,
me sugería tu pensamiento en claves.
Por ello no te he llorado jamás,
entendí tu partida (dolorosa a pesar de todo)
como el momento eterno
en que me hice fragua y simbiosis
de tu más alta ternura gravitante.
Te recuerdo en la alegría de los niños,
en la pasión de las almas libertarias
en la tristeza del mendigo
y en la firme vocación del carpintero
que construye auroras renacientes.
Aunque tu materia se redujo a polvo,
órgano material que encierra el sol vital
vivirás en cada poro del planeta
que sude alegría, libertad, firme esperanza.
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