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Para adornar tu frente, casquivana,
he ido a mi jardín esta mañana
a cortar rosas de enervante olor.
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Muy dulce cantaban los ruiseñores
y yo, en ese piélago de flores,
tenía las trazas de un conquistador.
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Cogí muchas..... Tantas, que los rosales
se quedaron ¡oh crueles duros males!
huerfanitos de esencia y de color.
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A la espalda cargué mi dulce fardo
soñando que dirías: "Ven, mi bardo,
y toma en premio este ósculo de amor...."
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Mas al llegar noté, con desconsuelo,
que el viento se llevaba para el cielo
las blancas rosas que corté en tu honor:
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Y oí que, tras las nubes indecisas,
claro cristal de perfumadas risas
se burlaba de mí, de mi dolor...!
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Del libro: Rosas de Juventud y de Ilusión. 1917
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