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MEDITACIONES SOBRE: “CARTAS DE INFANCIA”, POEMARIO DE LUIS CARLOS JIMÉNEZ VARELA.


“La Poesía es la forma superior de la expresión humana” Joseph Brodsky

Portada de Cartas de infancia

El poeta nacional, LUIS CARLOS JIMÉNEZ VARELA, es otro de los magníficos cantores de nuestro país. De los que orientan su lirismo a la exaltación de la patria mancillada para mitigar sus dolores y alentar sus esperanzas de redención soberana y en quien el clamor por la justicia social no escapa tampoco de su estro.

En Luis Carlos Jiménez Varela hay inspiración y calidad lírica. Con una facilidad asombrosa para manifestar sus protestas vivenciales, su poesía es un grito de rebeldía que se deja oír en lo más recóndito del territorio istmeño. Por eso al cantarle a la Patria exalta las luchas generacionales que se han dado para alcanzar nuestra soberanía total. Le canta igualmente al humilde campesino que con el sudor de su frente hace brotar la semilla que fertilizó en la madre tierra. Le canta al obrero, le canta a todo lo que en su entorno es motivo para ser fustigado para que impere la justicia, la paz y la hermandad entre los hombres. Pero también Luis Carlos Jiménez Varela tiene sus momentos para reflexionar sobre la razón de ser de su existencia. Y en sus profundas meditaciones piensa en ese ser que en sus entrañas lo nutrió de amor, que en su niñez lo colmó de un abnegado cariño maternal y que lo guio para que tuviera conciencia de que la vida es un legajo de incógnitas en donde se confunden la amistad y el cariño con la incomprensión, la envidia y el ultraje.

Doña LEONOR LUISA VARELA DE JIMÉNEZ, su madre, lo preparó para enfrentar con dignidad e hidalguía estos menesteres de la vida. Por ello Luis Carlos Jiménez Varela, en homenaje a su digna progenitora, escribe sus “CARTAS DE INFANCIA”, que son el mejor tributo que su estro lírico, puede ofrecerle a la autora de sus días. “La madre, dice, es el sentido exacto y universal que este planeta puede ofrecerle a la existencia”. De allí la razón de ser de sus “Cartas de Infancia”.

El poemario está constituido por 45 trozos líricos que el poeta llama CARTAS y constituye una sentida elegía a la muerte, en donde las reminiscencias de Jorge Manrique y de Gustavo Adolfo Bécquer, son evidentes por el intimismo que se percibe a través de toda la composición. En ella el poeta emplea el recurso de hacer primero una serie de disquisiciones o remembranzas de su vida, de la vida del hombre, desde que es concebido en el seno materno,

“Navegué sobre tu vientre
como una pelota de luz
y de tu sangre absorbí
la delicada sombra
de todas tus caricias”

hasta desembocar al final en su destino inexorable que es la muerte:

“El hombre muere, madre
con su piel convertida en podredumbre,
y la lleva por dentro
como una lámpara apagada”

Gestación, niñez y adolescencia constituyen los primeros solares con que se inicia la elegía:

Gestación:    “Y de su sangre absorbí
                     la delicada sombra
                     de todas tus caricias...”

Niñez:           “En la vida precoz de la inocencia
                     ... descubrí que el hombre vuela con sus sueños

                     ……………………………………………………

                     ...Las muñecas y sus rostros,
                     primigenio regalo de los niños,
                     viejos recuerdos
                     del instinto de los vientos

                     ……………………………………………………

                     de las ancianas mañanas repetidas”.

Entusiasmado por esos recuerdos de la infancia inocente, la nostalgia lo invade y le hacen pronunciar delicados cantares como éstos:

“En el columpio
las alegrías saltaban
y eran el espejo de la niebla
las dulces caídas del invierno
o más bien el llanto del rocío...”

Adolescente, ahora las remembranzas de la madre naturaleza, afloran en un juego de muy bien logradas figuras retóricas con los que hace derroche de su estro de poeta.

“En el campo las arrieras
eran soldados
con un mundo subterráneo
……………………………………………………
Entonces el sol, refugio de los dioses
era el viejo paraguas del olvido.
Antiguo canto de los pájaros
que inventaron el sonido de los mares
y el vertiginoso huracán
de los silencios”.

Toda esa vivencia desbordada en las primeras “Cartas de Infancia”, ha sido posible plasmarla gracias a la madurez que le proporcionaron sus estudios:

“El alfabeto fue el hombre y su palabra.
El libro fue ofertorio
alborozo del desmantelamiento
de la noche”,

con lo que expresa que es a través de la educación, despejadas las sombras de la ignorancia, como el hombre logra su plena libertad:

“Nunca el hombre fue más libre
en el hondo ajedrez de su inocencia”.

Terminando su sereno meditar sobre las menudencias de la vida, Luis Carlos Jiménez Varela se adentra entonces en sensibles consideraciones sobre el rudo golpe espiritual que se recibe por la desaparición física de un ser querido. El recuerdo dolorido de ese instante tan aciago de estar presente en el momento de la partida del ser amado y que Gustavo Adolfo Bécquer plasmó tan maravillosamente en su Rima...

“Cerraron sus ojos
que aún tenía abiertos...”

nuestro poeta lo expresa en esta forma:

“Que los ciegos entierren
a sus muertos,
con sus ojos fatales
de tristeza”.

En estos versos al poeta, de conocida posición ICONOCLASTA, la figura del Redentor del Mundo se hace presente:

“Dejad que los muertos
entierren a sus muertos”.

Se trata del deceso de un familiar muy allegado a su intimidad; su padre. El poeta lo recuerda en su elegía, en el preciso momento en que abandonó su vida:

“El sacerdote
con su rostro severo
…………………………….
era la clave inescrutable
del clausurado viaje
oscuro y sin regreso”.

Es el momento supremo de la meditación del hombre sobre el ser o no ser y en donde Bécquer vuelve a ser la figura que plantea la gran incógnita que significa para todos abandonar este “paraíso” terrenal:

“¿Vuelve el polvo al polvo?
¿Vuela el alma al cielo?
¿Todo es vil materia,
podredumbre y cieno?”

Ante estas incógnitas de la vida, el poeta reflexiona sobre la vanidad del hombre en su accionar como prepotente, soberbio, adulador, avaro:

“El pan le fue negado a los ancianos
que vestían el collar de sus arrugas...”

entre los que también se encuentran no pocos poetas:

“Hubo aedas
que hicieron del llanto
y la alabanza
funciones digestivas
y cabalmente cantaron loas a tiranos...”;

pero los hay igualmente, como León A. Soto, quienes ofrendaron ante el altar de la patria sus vidas, para convertirse en mártires de la tierra que los vio nacer:

“También hubo poetas
que murieron de cara al viento
y se alimentaron de cielos
y de la suprema luz
de los diamantes”.

Ante este caos de miseria y podredumbre, el hombre noble, no cabe en este mundo de odios y de injusticias sociales: Por eso...

“Los hombres justos
decidieron mudarse
del planeta
y habitaron las auroras”.

allá, armó su corazón de ideas

“Y nacer fue una forma
de morir
Y morir era nacer de nuevo”.

La idea la encontramos plasmada en otro gran bardo nacional, del siglo pasado, quien ante el cadáver de su amada, exclamó:

“Y la mirada en derredor volviste
al mundo que dejabas para ver”

Es el recuerdo de su padre amado, el que le hace brotar a Luis Carlos Jiménez Varela tan conceptuosas meditaciones. Y así se lo hace saber a otro ser querido que entra en escena al final de la elegía: su madre.

“Madre: en esta carta 38, en medio de todo ese
huracán de veteranas
ideas repetidas, me tocó ver el ataúd de mi
padre viajar, hacia el
absurdo pozo de la nada”,

figura eufemística con la que alude la tumba recién abierta. De ahora en adelante el poeta deja el monólogo utilizado como recurso para dar a conocer sus sentimientos y entabla un sentido diálogo con su madre, sobre los recuerdos que en él perduran del deceso de su progenitor, para dejarle a nuestras letras, una de las más hermosas elegías del parnaso panameño:

“iba él, vestido con mis lágrimas
que en ese instante anhelaban acribillar
a ese oscuro y estúpido necrocomio
en que reposaba el viejo "Chelo".
Nunca sentí
(te lo confieso)
-en estas secretas cartas‑
un dolor tan hondo!...
…………………………………………………..
Ello fue esa tarde
en que sus grandes ojos
de nobleza;
ya muertos
me enseñaron la flor
de su ternura”.

El recuerdo del padre ausente continúa lacerándole su vida:

“La figura de mi padre,
madre,
con la que inventaste
traerme a esta cueva
de recuerdos,
la llevo adherida
a la izquierda
de mi corazón
en donde se guardan
los íntimos secretos
del “Lucero”.

Al final del diálogo con su madre, nuestro aeda le da a conocer, por qué los poetas nos ofrecen inspiraciones tan llenas de tristeza y de dolor. Es que Dios les dio a ellos el don y la exclusividad de expresar el sentimiento con recursos líricos que nosotros, los hombres comunes, no somos capaces de hacer brotar intelectualmente:

“Es por ello, Madre,
que los poetas se emborrachan...
para no tener que velar
su cuerpo, el suyo propio,
con sus enormes caras
de idiota y de payaso”.

En ella Luis Carlos Jiménez Varela, nos dice cómo muere el hombre y cómo lleva la muerte escondida como una lámpara apagada, en el transcurso de toda su vida:

“El hombre muere, madre,
con su piel convertida en podredumbre
y la lleva por dentro
como una lámpara apagada.
……………………………………………..
la muerte son los días, día por día
repetidos y que nos dan, por trofeo final
el doloroso triunfo de la nada”.

Jorge Manrique lo expresó de esta manera:

“Partimos cuando nacemos
andamos mientras vivimos
y llegamos, al tiempo que fenecemos”.

EPILOGO

En Luis Carlos Jiménez Varela, tiene Panamá uno de sus más exquisitos poetas, quien ha puesto su estro al servicio de la Patria herida. En él se da el punto de vista del poeta ruso norteamericano Joseph Brodsky, Premio Nobel de Literatura, en 1987, quien calificó a la poesía como: “la forma superior de la expresión humana”. La poesía, nos dice, “no solamente es la magia de la creación de rimas y métricas, sino que siempre ha tenido una intención crítica con la sociedad y ha servido para juzgarla”.


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Diógenes Cedeño Cenci.
En: Revista Cultural Lotería. Año. 51, No. 392 noviembre-diciembre, 1992. Panamá: Lotería Nacional de Beneficencia, 1992.


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