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Historia Nacional,
por Luis Carlos Jiménez Varela

(canto a la patria)

No existe una “leyenda negra”.
Todo comenzó allá en la colonia
cuando el negro huyó
en táctica estrategia
para no ser sometido;
y el indio hundió su arco
—digo su puño giratorio
en forma de flecha—
para enfrentarse al invasor de Europa.
El istmo recibió su idioma
que aunque extranjero
fue la comunicación en que el Quijote
lanzó su símbolo universal.
Lo demás es puro mitote
y confusión premeditada
de antropólogos racistas
corriendo su mentira
hasta convertirla en ideología opresora:
“que el indio era taimado y ladino
y que el negro parecía mono”.
Pero la historia habla por si sola:
no existen pueblos inferiores.
Lo prueban Bayano y Felipillo
Urraca y el Quibián
Lo demás es excremento, basura,
engaño y justificación corrupta.

En los albores del siglo XIX
desfilaron figuras preclaras
por nuestro espacio ístmico,
pero hubo una que expresó

el palpitar del corazón panameño
que usaba las tribunas y las plazas públicas:
Justo Arosemena.
Su palabra era una veta de oro
un ideario conjugado;
de él aprendió Mateo Iturralde:
“yo no vendo mi patria”.
Más tarde esa palabra pura
tomó forma de fusil
en el brazo generoso
de un general patriota:
Victoriano Lorenzo.
Su muerte el 15 de mayo de 1903
significó el puente
de sangre tierna derramada
para firmar el macabro pacto
que aún hiede como una llaga:
el tratado Hay Bunau Varilla.

Los historiadores, como siempre,
inventaron un chivo expiatorio:
(el eje París—Washington)
¿Quién no sabe que la verdad, la causa
la causa centrífuga hay que buscarla
removiendo cadáveres de próceres?
Los historiadores no han dicho
quién metió, en su maletín
la consigna del tratado.

Todo eso está oculto.
Pero eso no importa mientras
la alondra asuste al gallinazo
con su tierno canto.
Y la patria esté de pie, vigilante.
En 1920, siguieron consumando su delito.

Enviaron a Ustupo, Narganá, San Blas y Aligandí
al dulce archipiélago del Atlántico
a censar a los “indios salvajes”
Llevaron cédulas con nombres y
patronímicos raros:
Robinson, Brown, Richards, etc., etc.,
y allí comenzó la mofa:
“al indio le gustaba autonombrarse
con nombre de gente altisonantes,
eran gentes ridículas”.
En esta tarea usaron guardias. . .negros,
y el indio comenzó a tomarles odio,
y le dieron el nombre genérico de: “Chombos”.
Y el indio que también era explotado
igual que el negro,
comenzó a mirar con hondo desprecio
al hombre de oscura piel,
por haberse prestado a la burla.
Como contrapunto el negro,
tomó escudo defensivo
y elaboró la tesis de que los “Chombos”
eran ellos, ya que cuando el navegante Colón
arribó con sus bandas a las playas ístmicas
había llamado: “Chombo al indio”.

Todo eso fue, no hay lugar a dudas
un neo—colonialismo disfrazado y sub—yacente.
Hoy, negros e indios,
comprenden que la tarea que tienen por delante
de ayudar a liberar la patria,
única e indivisible
para recuperar su personalidad
de hermanos, en el hondón
de la patria sin cadenas.


Ocú, Provincia de Herrera, 15 de enero de 1974.

Del libro: Elegía al Che Guevara y otros poemas. Panamá, 1974.


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